El proceso comenzó con la realización de un storyboard bastante rudimentario, pensado más como una guía visual para estructurar las ideas que ya tenía previamente sobre el personaje y la narrativa del corto.
Después de eso empecé directamente la animación tradicional. Improvisé una mesa de luz utilizando un vidrio rectangular y una linterna debajo, que funcionó como apoyo para poder visualizar los dibujos entre cada frame.
La animación fue realizada sobre papel de acuarela. Esto hizo el proceso particularmente complejo, ya que el grosor del papel dificultaba ver los dibujos anteriores incluso utilizando la mesa de luz. Con el tiempo logré adaptarme a las limitaciones del material y continuar el proceso de manera más fluida.
Cada ilustración fue dibujada y pintada a mano individualmente. Inicialmente realicé 80 láminas tradicionales, las cuales posteriormente fueron fotografiadas una por una y llevadas a digital.
Una vez digitalizadas, utilicé programas de edición y dibujo digital para construir frames intermedios y dar mayor continuidad al movimiento, llevando la animación final a un total aproximado de 196 frames.
Finalmente, el proyecto pasó por un proceso de edición audiovisual y diseño sonoro. La música fue realizada con ayuda de una amiga, ya que el componente sonoro era una parte fundamental para la atmósfera emocional del corto.
Aunque el resultado final es breve, el proceso tomó varias semanas de trabajo manual, técnico y experimental
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